DELE C2 Reading practice test 2
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DELE C2 Reading practice test 2 is a reading paper for the DELE C2 exam. It takes 60 minutes. The PDF has 9 pages and 3 sections. You can download the PDF for free, with no account.
Updated 4 November 2026, Faust Academy team
In this paper
- La prisa del relevo
- El loquero de la colina
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Inside the paper
Tarea 1
Lea el texto y rellene los huecos (1 - 12) con la opción correcta (a / b / c). Marque las opciones elegidas en la Hoja de respuestas.
La prisa del relevo
Apenas ha __(1)__ su escaño y ya hay quien le busca un despacho más alto. El diputado tiene treinta y ocho años, una sonrisa que las cámaras adoran y una victoria holgada en una circunscripción que hace no tanto parecía perdida para los suyos. Sus partidarios no han terminado de celebrar el recuento cuando ya pronuncian, en voz baja y luego no tan baja, la palabra que convendría callar: presidente. Se entiende la tentación de __(2)__ etapas. En una época que lo mide todo en semanas, la carrera ordinaria de un político, con sus comisiones grises y sus debates de madrugada, parece un trámite tedioso. Por eso lo admiran no tanto por lo que ha hecho __(3)__ por lo que promete. Hay en ese entusiasmo algo de espejo: la ciudadanía __(4)__ sobre el recién llegado sus propias aspiraciones, aquellas que la vida le fue aplazando, y le exige que las cumpla por ella. Basta con que un candidato __(5)__ con soltura y sonría a tiempo para que muchos lo imaginen al frente del país. Conviene, sin embargo, recordar que el carisma es un capital __(6)__: se evapora en cuanto llegan las primeras decisiones impopulares. Los partidos, que andan siempre a la __(7)__ de rostros nuevos, lo __(8)__ en símbolo del relevo generacional antes de que haya demostrado nada, y lo exhiben como quien estrena traje para una boda. Pero la política tiene sus propios __(9)__, más lentos que los de la publicidad, y no hay atajo que los acorte. Se aprende negociando presupuestos con adversarios, perdiendo votaciones que parecían ganadas, explicando en un pueblo lo que en la capital sonaba impecable. Quien llega a lo más alto sin haber __(10)__ ningún revés suele carecer del __(11)__ que solo forjan las derrotas, y que tanto se echa de menos cuando hay que gobernar en tiempos adversos. No se trata de negarle al joven diputado su porvenir, que bien puede ser brillante, sino de no devorarlo antes de tiempo. Quizá la virtud más escasa hoy sea la paciencia: dejar que la fruta caiga por su propio __(12)__.
1. Hueco 1
a) revalidado
b) refrendado
c) homologado
2. Hueco 2
a) consumir
b) quemar
c) agotar
3. Hueco 3
a) sino
b) como
c) que
4. Hueco 4
a) esgrime
b) arroja
c) proyecta
5. Hueco 5
a) se expresa
b) se exprese
c) se expresara
6. Hueco 6
a) voluble
b) versátil
c) volátil
7. Hueco 7
a) zaga
b) caza
c) deriva
8. Hueco 8
a) erigen
b) yerguen
c) alzan
9. Hueco 9
a) cauces
b) linderos
c) plazos
10. Hueco 10
a) encajado
b) acoplado
c) ensamblado
11. Hueco 11
a) talante
b) talento
c) temple
12. Hueco 12
a) peso
b) cauce
c) impulso
Tarea 2
Lea el siguiente texto, del que se han extraído seis párrafos. A continuación, lea los siete fragmentos propuestos (A - G) y decida en qué lugar del texto (13 - 18) hay que colocar cada uno de ellos. HAY UN FRAGMENTO QUE NO TIENE QUE ELEGIR. Marque las opciones elegidas en la Hoja de respuestas.
El loquero de la colina
En Valdelaguna nadie decía «manicomio». Decíamos «el loquero», y lo decíamos bajando la voz, como si el caserón de ladrillo rojo que corona la colina pudiera oírnos desde el pueblo. Aquel edificio cerró sus pabellones hace dos décadas y hoy alberga una biblioteca comarcal y un taller de cerámica. __(13)__ La escena me desarmó. En mi infancia, cuando un niño se portaba mal, su madre le advertía: «Como sigas así, acabarás en el loquero». La palabra funcionaba como una condena anticipada, y nadie se preguntaba quién vivía realmente detrás de aquellos muros. __(14)__ Ninguno de ellos, insiste Julia, se reconocía en el término con el que el pueblo los designaba. «En el hospital los cuidábamos; en el loquero solo los encerraban. A menudo fuimos las dos cosas a la vez». Tampoco «manicomio» nació como insulto: durante mucho tiempo fue un término casi técnico, el que figuraba en reglamentos y membretes oficiales, hasta que el uso lo cargó de desprecio y hubo que buscarle relevo. __(15)__ Por eso me resisto a creer que baste con cambiar el rótulo de la puerta. Quienes rehabilitaron el edificio de Valdelaguna lo entendieron bien: no borraron su pasado, sino que lo expusieron. __(16)__ Julia me acompañó durante la visita. Se detuvo largo rato ante la carta, escrita con letra temblorosa. Su autor pasó once años en aquellos pabellones por un diagnóstico que hoy se trataría en una consulta ambulatoria. «Hoy no habría pasado ni una noche aquí», murmuró. No lo dijo con rencor, sino con la serenidad de quien ha visto cambiar las cosas demasiado despacio. __(17)__ Yo no lo veo tan claro. Las palabras sobreviven a los edificios con una tenacidad asombrosa: basta con escuchar a los adolescentes que salen de la biblioteca cargados de libros y que, entre risas, se despiden con un «nos vemos mañana en el loquero». __(18)__ Al bajar la cuesta, me sorprendí usando la palabra sin bajar la voz. No sé si eso es un progreso o una forma más sutil de olvido. Pero, por primera vez, la pronuncié sabiendo a quién nombraba. A Le pregunté entonces si le molestaba que la gente del pueblo siguiera llamando «el loquero» a la biblioteca. Se encogió de hombros y sonrió: a su juicio, el nombre acabará desapareciendo solo, cuando ya no quede nadie que recuerde para qué servía. B El relevo, sin embargo, rara vez dura. «Sanatorio», «frenopático», «centro de salud mental»: cada eufemismo nace limpio y, al cabo de unas décadas, acaba arrastrando el mismo poso que pretendía borrar. No es la palabra la que se ensucia, sino la mirada de quien la pronuncia. C Volví a subir la cuesta el mes pasado, por primera vez desde la infancia. Esperaba encontrar algún rastro de aquel miedo antiguo, pero lo que encontré fue a un grupo de jubilados discutiendo, con una seriedad casi académica, sobre la mejor manera de esmaltar un jarrón. D Por eso los responsables del proyecto decidieron cambiar el nombre del edificio y retirar cualquier referencia a su antiguo uso. Querían que los vecinos subieran a la colina sin acordarse de lo que allí había sucedido. E Y, sin embargo, en su boca la expresión ya no suena a amenaza. Quizá ese sea el destino más digno de ciertas palabras: no desaparecer, sino quedarse vacías de miedo, como un caserón que, después de haber encerrado a tantos, ha aprendido a dejar entrar a cualquiera. F En el vestíbulo de la biblioteca, junto al mostrador de préstamo, cuelgan fotografías de los antiguos pabellones y una vitrina con objetos de los internos: un cuaderno de dibujos, unas zapatillas gastadas, una carta que nunca llegó a enviarse. No hay en ellas morbo ni exhibicionismo, sino una especie de restitución. G Lo supe mucho después, por boca de Julia Arcos, que trabajó allí como enfermera durante casi treinta años. Me habló de agricultores que habían perdido la cosecha y la cordura en el mismo invierno, de viudas jóvenes, de muchachos a los que nadie había sabido escuchar.
13. Hueco 13
A) Le pregunté entonces si le molestaba que la gente del pueblo siguiera llamando «el loquero» a la biblioteca. Se encogió de hombros y sonrió: a su juicio, el nombre acabará desapareciendo solo, cuando ya no quede nadie que recuerde para qué servía
B) El relevo, sin embargo, rara vez dura. «Sanatorio», «frenopático», «centro de salud mental»: cada eufemismo nace limpio y, al cabo de unas décadas, acaba arrastrando el mismo poso que pretendía borrar. No es la palabra la que se ensucia, sino la mirada de quien la pronuncia
C) Volví a subir la cuesta el mes pasado, por primera vez desde la infancia. Esperaba encontrar algún rastro de aquel miedo antiguo, pero lo que encontré fue a un grupo de jubilados discutiendo, con una seriedad casi académica, sobre la mejor manera de esmaltar un jarrón
D) Por eso los responsables del proyecto decidieron cambiar el nombre del edificio y retirar cualquier referencia a su antiguo uso. Querían que los vecinos subieran a la colina sin acordarse de lo que allí había sucedido
E) Y, sin embargo, en su boca la expresión ya no suena a amenaza. Quizá ese sea el destino más digno de ciertas palabras: no desaparecer, sino quedarse vacías de miedo, como un caserón que, después de haber encerrado a tantos, ha aprendido a dejar entrar a cualquiera
F) En el vestíbulo de la biblioteca, junto al mostrador de préstamo, cuelgan fotografías de los antiguos pabellones y una vitrina con objetos de los internos: un cuaderno de dibujos, unas zapatillas gastadas, una carta que nunca llegó a enviarse. No hay en ellas morbo ni exhibicionismo, sino una especie de restitución
G) Lo supe mucho después, por boca de Julia Arcos, que trabajó allí como enfermera durante casi treinta años. Me habló de agricultores que habían perdido la cosecha y la cordura en el mismo invierno, de viudas jóvenes, de muchachos a los que nadie había sabido escuchar
14. Hueco 14
A) Le pregunté entonces si le molestaba que la gente del pueblo siguiera llamando «el loquero» a la biblioteca. Se encogió de hombros y sonrió: a su juicio, el nombre acabará desapareciendo solo, cuando ya no quede nadie que recuerde para qué servía
B) El relevo, sin embargo, rara vez dura. «Sanatorio», «frenopático», «centro de salud mental»: cada eufemismo nace limpio y, al cabo de unas décadas, acaba arrastrando el mismo poso que pretendía borrar. No es la palabra la que se ensucia, sino la mirada de quien la pronuncia
C) Volví a subir la cuesta el mes pasado, por primera vez desde la infancia. Esperaba encontrar algún rastro de aquel miedo antiguo, pero lo que encontré fue a un grupo de jubilados discutiendo, con una seriedad casi académica, sobre la mejor manera de esmaltar un jarrón
D) Por eso los responsables del proyecto decidieron cambiar el nombre del edificio y retirar cualquier referencia a su antiguo uso. Querían que los vecinos subieran a la colina sin acordarse de lo que allí había sucedido
E) Y, sin embargo, en su boca la expresión ya no suena a amenaza. Quizá ese sea el destino más digno de ciertas palabras: no desaparecer, sino quedarse vacías de miedo, como un caserón que, después de haber encerrado a tantos, ha aprendido a dejar entrar a cualquiera
F) En el vestíbulo de la biblioteca, junto al mostrador de préstamo, cuelgan fotografías de los antiguos pabellones y una vitrina con objetos de los internos: un cuaderno de dibujos, unas zapatillas gastadas, una carta que nunca llegó a enviarse. No hay en ellas morbo ni exhibicionismo, sino una especie de restitución
G) Lo supe mucho después, por boca de Julia Arcos, que trabajó allí como enfermera durante casi treinta años. Me habló de agricultores que habían perdido la cosecha y la cordura en el mismo invierno, de viudas jóvenes, de muchachos a los que nadie había sabido escuchar
15. Hueco 15
A) Le pregunté entonces si le molestaba que la gente del pueblo siguiera llamando «el loquero» a la biblioteca. Se encogió de hombros y sonrió: a su juicio, el nombre acabará desapareciendo solo, cuando ya no quede nadie que recuerde para qué servía
B) El relevo, sin embargo, rara vez dura. «Sanatorio», «frenopático», «centro de salud mental»: cada eufemismo nace limpio y, al cabo de unas décadas, acaba arrastrando el mismo poso que pretendía borrar. No es la palabra la que se ensucia, sino la mirada de quien la pronuncia
C) Volví a subir la cuesta el mes pasado, por primera vez desde la infancia. Esperaba encontrar algún rastro de aquel miedo antiguo, pero lo que encontré fue a un grupo de jubilados discutiendo, con una seriedad casi académica, sobre la mejor manera de esmaltar un jarrón
D) Por eso los responsables del proyecto decidieron cambiar el nombre del edificio y retirar cualquier referencia a su antiguo uso. Querían que los vecinos subieran a la colina sin acordarse de lo que allí había sucedido
E) Y, sin embargo, en su boca la expresión ya no suena a amenaza. Quizá ese sea el destino más digno de ciertas palabras: no desaparecer, sino quedarse vacías de miedo, como un caserón que, después de haber encerrado a tantos, ha aprendido a dejar entrar a cualquiera
F) En el vestíbulo de la biblioteca, junto al mostrador de préstamo, cuelgan fotografías de los antiguos pabellones y una vitrina con objetos de los internos: un cuaderno de dibujos, unas zapatillas gastadas, una carta que nunca llegó a enviarse. No hay en ellas morbo ni exhibicionismo, sino una especie de restitución
G) Lo supe mucho después, por boca de Julia Arcos, que trabajó allí como enfermera durante casi treinta años. Me habló de agricultores que habían perdido la cosecha y la cordura en el mismo invierno, de viudas jóvenes, de muchachos a los que nadie había sabido escuchar
16. Hueco 16
A) Le pregunté entonces si le molestaba que la gente del pueblo siguiera llamando «el loquero» a la biblioteca. Se encogió de hombros y sonrió: a su juicio, el nombre acabará desapareciendo solo, cuando ya no quede nadie que recuerde para qué servía
B) El relevo, sin embargo, rara vez dura. «Sanatorio», «frenopático», «centro de salud mental»: cada eufemismo nace limpio y, al cabo de unas décadas, acaba arrastrando el mismo poso que pretendía borrar. No es la palabra la que se ensucia, sino la mirada de quien la pronuncia
C) Volví a subir la cuesta el mes pasado, por primera vez desde la infancia. Esperaba encontrar algún rastro de aquel miedo antiguo, pero lo que encontré fue a un grupo de jubilados discutiendo, con una seriedad casi académica, sobre la mejor manera de esmaltar un jarrón
D) Por eso los responsables del proyecto decidieron cambiar el nombre del edificio y retirar cualquier referencia a su antiguo uso. Querían que los vecinos subieran a la colina sin acordarse de lo que allí había sucedido
E) Y, sin embargo, en su boca la expresión ya no suena a amenaza. Quizá ese sea el destino más digno de ciertas palabras: no desaparecer, sino quedarse vacías de miedo, como un caserón que, después de haber encerrado a tantos, ha aprendido a dejar entrar a cualquiera
F) En el vestíbulo de la biblioteca, junto al mostrador de préstamo, cuelgan fotografías de los antiguos pabellones y una vitrina con objetos de los internos: un cuaderno de dibujos, unas zapatillas gastadas, una carta que nunca llegó a enviarse. No hay en ellas morbo ni exhibicionismo, sino una especie de restitución
G) Lo supe mucho después, por boca de Julia Arcos, que trabajó allí como enfermera durante casi treinta años. Me habló de agricultores que habían perdido la cosecha y la cordura en el mismo invierno, de viudas jóvenes, de muchachos a los que nadie había sabido escuchar
17. Hueco 17
A) Le pregunté entonces si le molestaba que la gente del pueblo siguiera llamando «el loquero» a la biblioteca. Se encogió de hombros y sonrió: a su juicio, el nombre acabará desapareciendo solo, cuando ya no quede nadie que recuerde para qué servía
B) El relevo, sin embargo, rara vez dura. «Sanatorio», «frenopático», «centro de salud mental»: cada eufemismo nace limpio y, al cabo de unas décadas, acaba arrastrando el mismo poso que pretendía borrar. No es la palabra la que se ensucia, sino la mirada de quien la pronuncia
C) Volví a subir la cuesta el mes pasado, por primera vez desde la infancia. Esperaba encontrar algún rastro de aquel miedo antiguo, pero lo que encontré fue a un grupo de jubilados discutiendo, con una seriedad casi académica, sobre la mejor manera de esmaltar un jarrón
D) Por eso los responsables del proyecto decidieron cambiar el nombre del edificio y retirar cualquier referencia a su antiguo uso. Querían que los vecinos subieran a la colina sin acordarse de lo que allí había sucedido
E) Y, sin embargo, en su boca la expresión ya no suena a amenaza. Quizá ese sea el destino más digno de ciertas palabras: no desaparecer, sino quedarse vacías de miedo, como un caserón que, después de haber encerrado a tantos, ha aprendido a dejar entrar a cualquiera
F) En el vestíbulo de la biblioteca, junto al mostrador de préstamo, cuelgan fotografías de los antiguos pabellones y una vitrina con objetos de los internos: un cuaderno de dibujos, unas zapatillas gastadas, una carta que nunca llegó a enviarse. No hay en ellas morbo ni exhibicionismo, sino una especie de restitución
G) Lo supe mucho después, por boca de Julia Arcos, que trabajó allí como enfermera durante casi treinta años. Me habló de agricultores que habían perdido la cosecha y la cordura en el mismo invierno, de viudas jóvenes, de muchachos a los que nadie había sabido escuchar
18. Hueco 18
A) Le pregunté entonces si le molestaba que la gente del pueblo siguiera llamando «el loquero» a la biblioteca. Se encogió de hombros y sonrió: a su juicio, el nombre acabará desapareciendo solo, cuando ya no quede nadie que recuerde para qué servía
B) El relevo, sin embargo, rara vez dura. «Sanatorio», «frenopático», «centro de salud mental»: cada eufemismo nace limpio y, al cabo de unas décadas, acaba arrastrando el mismo poso que pretendía borrar. No es la palabra la que se ensucia, sino la mirada de quien la pronuncia
C) Volví a subir la cuesta el mes pasado, por primera vez desde la infancia. Esperaba encontrar algún rastro de aquel miedo antiguo, pero lo que encontré fue a un grupo de jubilados discutiendo, con una seriedad casi académica, sobre la mejor manera de esmaltar un jarrón
D) Por eso los responsables del proyecto decidieron cambiar el nombre del edificio y retirar cualquier referencia a su antiguo uso. Querían que los vecinos subieran a la colina sin acordarse de lo que allí había sucedido
E) Y, sin embargo, en su boca la expresión ya no suena a amenaza. Quizá ese sea el destino más digno de ciertas palabras: no desaparecer, sino quedarse vacías de miedo, como un caserón que, después de haber encerrado a tantos, ha aprendido a dejar entrar a cualquiera
F) En el vestíbulo de la biblioteca, junto al mostrador de préstamo, cuelgan fotografías de los antiguos pabellones y una vitrina con objetos de los internos: un cuaderno de dibujos, unas zapatillas gastadas, una carta que nunca llegó a enviarse. No hay en ellas morbo ni exhibicionismo, sino una especie de restitución
G) Lo supe mucho después, por boca de Julia Arcos, que trabajó allí como enfermera durante casi treinta años. Me habló de agricultores que habían perdido la cosecha y la cordura en el mismo invierno, de viudas jóvenes, de muchachos a los que nadie había sabido escuchar
Tarea 3. Los archivos naturales del clima
A continuación, tiene seis textos (A - F) en los que seis investigadores hablan de su trabajo con los archivos naturales del clima, y ocho enunciados (19 - 26). Léalos y elija el texto que corresponde a cada enunciado. RECUERDE QUE HAY TEXTOS QUE DEBEN SER ELEGIDOS MÁS DE UNA VEZ. Marque las opciones elegidas en la Hoja de respuestas.
A. Lucía Arregui
Me hice glacióloga para saber cuándo volvería el hielo; hoy esa pregunta se ha quedado sin respuesta, porque el reloj lo hemos desajustado nosotros. Trabajo desde Zaragoza con modelos que reconstruyen el gran manto de hielo que cubrió buena parte de Norteamérica y que se deshizo hace miles de años; de él solo quedan morrenas, lagos y un terreno que aún se recupera de su antiguo peso. Siguiendo el lento vaivén de la órbita terrestre, el planeta debería ir encaminándose despacio hacia las condiciones de una futura glaciación. Pero los gases que emitimos bien podrían aplazarla durante un tiempo que hoy nadie sabe calcular. Cuando lo cuento, alguien siempre sonríe y dice que, al menos, nos libraremos del hielo; a mí esa sonrisa me hiela más que cualquier glaciar. Pocas cosas revelan mejor hasta qué punto hemos descompasado un ritmo de cientos de miles de años.
B. Tomás Ferrán
Cuanto más duro es el invierno, mejor: el hielo del ibón aguanta la sonda y trabajamos sobre él como sobre un suelo firme. Por eso subimos al ibón de Berganuy en enero, con la mochila cargada de tubos y la tienda clavada en la nieve. En verano tendríamos que montar una plataforma flotante, que se balancea con cualquier ráfaga y hace que el tubo entre torcido. En el fondo del lago se han ido depositando, año tras año, capas finísimas de limo: unas más claras, otras más oscuras, según cuánto se fundía la nieve de las laderas. Leídas una a una, cuentan cómo se retiraron los glaciares pirenaicos y cómo la vegetación fue colonizando el valle. Lo más difícil no es perforar, sino bajar las muestras intactas por un sendero helado sin que se mezcle una sola capa.
C. Inés Valdivia
Las estalagmitas crecen gota a gota, y en cada lámina de calcita queda escrito cuánto llovía sobre el monte cuando se formó. La cueva de Los Avellanos, en Cantabria, guarda algunas de las más bellas que conozco, pero también algo más frágil que ellas. Solo puedo tomar estalagmitas que ya estaban rotas y entrar unas pocas horas al año: nuestra respiración basta para poner en peligro las pinturas. Unos bisontes y unas manos en ocre llevan allí milenios, y un aumento mínimo de humedad o de dióxido de carbono podría alterarlos. Así que planifico cada visita como una operación quirúrgica: quién entra, cuánto tiempo, qué instrumentos. Al principio me desesperaba; ahora creo que esa lentitud me ha hecho mejor científica, porque me obliga a pensar antes de cortar. Las muestras derribadas hace siglos por algún desprendimiento resultan, además, sorprendentemente completas.
D. Mateo Quiroga
Mis árboles no saben nada de glaciaciones, apenas guardan unos milenios; pero es en esos milenios donde se decide si lo que vemos hoy es natural o es nuestro. Trabajo con alerces de la cordillera, al sur de Chile, que pueden vivir más de tres mil años y añaden un anillo cada temporada. No los talamos: con un barreno fino, del grosor de un lápiz, extraemos un cilindro de madera y el árbol sigue como si nada. Combinando ejemplares vivos con troncos caídos que se conservan en las turberas frías, enlazamos anillo con anillo hasta muy atrás. Cada anillo, ancho o estrecho, delata cómo fue aquel verano. Con esa secuencia podemos ver cómo oscilaban las temperaturas antes de las chimeneas y los motores, y medir contra ella lo que ha ocurrido en el último siglo.
E. Carmen Lois
El polen es casi indestructible: en una turbera sin oxígeno, un grano de roble o de brezo puede conservarse intacto durante milenios. Por eso, al extraer una columna de turba en las brañas de Os Toxais, en la sierra lucense, voy leyendo hacia abajo qué bosques hubo, cuándo llegaron los primeros pastos y cuándo el frío hizo retroceder los árboles. Es un trabajo de paciencia: horas al microscopio contando granos que miden menos que el grosor de un cabello. Lo que me quita el sueño está fuera del laboratorio. Las zanjas de drenaje para ganar prados y la extracción de turba para jardinería avanzan más deprisa que nosotros, y la mayoría de esas brañas nunca se ha sondeado. Cada turbera que se drena es un libro que se quema sin que nadie haya pasado de la primera página.
F. Andrés Bethencourt
Fui a buscar la huella del hielo norteamericano en mis foraminíferos y la encontré, sí, pero tarde, con siglos de retraso; tuve que tirar a la papelera la idea con la que había embarcado. Pensaba que esos diminutos caparazones, enterrados en el fango al norte de Lanzarote, reflejarían al mismo tiempo cada avance del gran manto de hielo. Los testigos dijeron otra cosa: el océano tarda en enterarse, y el aviso llegaba aquí mucho después. Desde el buque Roque Bermejo hundimos tubos de varios metros en el fondo y subimos cilindros de barro que son, literalmente, milenios apilados. A bordo los cortamos a lo largo. Guardamos la mitad de cada testigo sin tocar: alguien, dentro de veinte años, le hará preguntas que a nosotros ni se nos ocurren. Esa mitad duerme en una cámara a cuatro grados, esperando técnicas que aún no existen.
19. Admite que su registro abarca un lapso más corto que el de otros archivos, pero lo considera idóneo para lo que pretende averiguar.
A) Lucía Arregui
B) Tomás Ferrán
C) Inés Valdivia
D) Mateo Quiroga
E) Carmen Lois
F) Andrés Bethencourt
20. Le inquieta que una consecuencia del calentamiento pueda interpretarse como un motivo de alivio.
A) Lucía Arregui
B) Tomás Ferrán
C) Inés Valdivia
D) Mateo Quiroga
E) Carmen Lois
F) Andrés Bethencourt
21. Atribuye a sus muestras un valor que trasciende las preguntas que hoy se formulan sobre ellas.
A) Lucía Arregui
B) Tomás Ferrán
C) Inés Valdivia
D) Mateo Quiroga
E) Carmen Lois
F) Andrés Bethencourt
22. Paradójicamente, las condiciones meteorológicas más rigurosas le facilitan la recogida de muestras.
A) Lucía Arregui
B) Tomás Ferrán
C) Inés Valdivia
D) Mateo Quiroga
E) Carmen Lois
F) Andrés Bethencourt
23. Reconoce que el objetivo que motivó su vocación investigadora ha dejado de tener sentido.
A) Lucía Arregui
B) Tomás Ferrán
C) Inés Valdivia
D) Mateo Quiroga
E) Carmen Lois
F) Andrés Bethencourt
24. Advierte de que aquello que estudia corre el riesgo de desaparecer antes de que se haya examinado a fondo.
A) Lucía Arregui
B) Tomás Ferrán
C) Inés Valdivia
D) Mateo Quiroga
E) Carmen Lois
F) Andrés Bethencourt
25. Su labor está supeditada a restricciones destinadas a preservar un bien que la propia investigación podría deteriorar.
A) Lucía Arregui
B) Tomás Ferrán
C) Inés Valdivia
D) Mateo Quiroga
E) Carmen Lois
F) Andrés Bethencourt
26. Cuenta que los datos le obligaron a abandonar la hipótesis con la que había emprendido un proyecto.
A) Lucía Arregui
B) Tomás Ferrán
C) Inés Valdivia
D) Mateo Quiroga
E) Carmen Lois
F) Andrés Bethencourt
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